Poder, movildad y cultura ciudadana

 


Mario Delgado-Noguera



Bajo el sol picante que anuncia la lluvia y que golpea las aceras y la paciencia de los colombianos y colombianas, las ciudades parecen estar en guerra con ellas mismas. No hay camuflados que recuerden a Mordisco o Gabino ni barricadas propias de las guerras urbanas, pero sí hay una invasión diaria de motocicletas violentas con prisas aterradoras, esquivando señales de tránsito y semáforos como si fueran meros obstáculos en una pista de carreras improvisada. A primera vista, como es costumbre en los noticieros pasajeros, se habla de estadísticas pero en las redes sociales se puede ver a diario muertos por accidentes aparatosos, cubiertos por sábanas de motociclistas o sus pasajeros o de aquellos de los carros acompañados de alcoholemia positiva. Es un estribillo que no llega a los agentes de tránsito que chatean mientras el motociclista toma en sus narices una acera peatonal, ni a las alcaldías que parece resbalarles la tragedia. Pero es un clamor urbano de quienes vemos a diario el caos como forma de vida, las palabras para iniciar la queja que arrastramos.

Las vidas perdidas siguen siendo demasiadas. Las motocicletas no son solo vehículos; son símbolos móviles de una cultura de supervivencia que, para algunos, reemplaza a la cultura ciudadana. La imprudencia del tránsito no es solo un problema de educación vial, es una manifestación de la ausencia de un civismo profundo, un déficit de responsabilidad social que desborda las vías principales y se desdobla en ruido, congestión y violencia callejera. En Bogotá, según El País América, la contaminación acústica supera los límites legales de manera sistemática y se ha convertido en otra forma de agresión urbana que golpea la salud pública y la tranquilidad de los barrios, especialmente en las localidades más vulnerables del sur y suroccidente de la ciudad.

La movilidad en ciudades medianas como Tunja, Pasto o Popayán, ofrece un espejo de esta tragedia cotidiana. Las congestiones afectan la función urbana; condicionan la calidad de vida, impactan negativamente el ambiente y confirman la falta de políticas que verdaderamente transformen la experiencia diaria de los ciudadanos frente al tránsito. Pasar en auto o siendo peatón por la Panamericana que atraviesa los centros de poblaciones como Timbío o El Bordo, en el Cauca, es un aventura digna de Ulises en su regreso a Ítaca.


Una escena de incultura ciudadana cotidiana en las ciudades colombianas (El Tiempo)


En medio de este panorama, la cultura ciudadana ha sido diagnosticada por analistas y periodistas como el factor estructural que sigue sin resolverse. Columnas recientes señalan que sin inversión en cultura ciudadana, el caos persistirá. Según el diario El Tiempo, la administración pública es percibida como distante de los problemas del pueblo, con un gobierno local y nacional que no parece comprender la cotidianidad que vive la mayoría de la población urbana.

Para el gobierno de Gustavo Petro, que llegó con discursos de transformación social y que insistió en reformas de gran calado político y económico, este país que vive en las calles y no en los salones diplomáticos ni en los consejos de ministros donde se ventila la vanidad o la sumisión, ha sido un reto gigantesco. La atención de la administración central ha estado concentrada en temas estructurales de redistribución económica, paz y reformas de peso, pero los ciudadanos comunes sienten que las dificultades del día a día —en la movilidad, en la seguridad vial, en el orden público— no han recibido la misma intensidad de respuesta.

En términos simples: mientras el discurso nacional se eleva sobre conflictos ideológicos, tuits pendencieros y reformas sociales de gran escala, el motociclista que esquiva señales, el peatón que espera que un semáforo en rojo y las líneas cebra se respeten, o el conductor atrapado en un trancón interminable, perciben una desconexión total entre las promesas de cambio y la realidad de su calle. Si bien el discurso de Petro enfatiza en derechos, justicia social, participación y transformación estructural, y ha cuestionado leyes injustas, los deberes ciudadanos no están presentes en su discurso ni se han concretizado en acciones pedagógicas concretas y acciones visibles y palpables. El tiene el poder para hablar sobre ello.

Según El País América, se percibe una fatiga cultural y una desazón ciudadana que no son solo una falta de respeto a las normas, sino un síntoma de una sociedad que siente que no ha sido suficientemente escuchada ni ubicada en el centro de las prioridades de gobierno. Es difícil no comparar estos hechos con las acciones pedagógicas de Antanas Mockus durante su alcaldía en Bogota, que trascendieron al resto del país con el uso del arte, el humor, el ejemplo, la convivencia. Según él, la autoridad es pedagógica y el ciudadano se auto regula, el comportamiento ciudadano se construye.

No solo es por la infraestructura física que las alcaldías pueden mejorar cuando tardíamente lo hacen en la vigencia anual que termina, ni sus normas que pueden endurecerse, pero sin una transformación en la cultura pública, estos esfuerzos tienen un impacto limitado. No basta mantener las fiestas de principios de año para olvidar lo que vendrá en la resaca de enero. Una línea cebra necesaria puede ser pintada en la zona universitaria de Popayán, por ejemplo, pero sin una transformación en la cultura pública, estos esfuerzos tendrán impacto limitado y son fácilmente transgredidos principalmente por los motociclistas que acompañan el irrespeto con un insulto denigrante.

Por eso, en las calles de ciudades como Popayán, Pasto o Cali —tal como lo experimentan muchos ciudadanos y ciudadanas actuales— hay una demanda no solo de cambios materiales, sino de POT actualizados que respeten el medio ambiente y el agua, de un reconocimiento de su existencia cotidiana que modifique la guerra urbana. Los ciudadanos no solo queremos reformas nacionales ni el tuit que no mira la ciudadano de a pie; queremos que se emplee el poder político para hablar de esa cultura de convivencia, de respeto por lo público y el mobiliario urbano, de reconocer que todos nos movemos en las calles colombianas, queremos un entorno amable donde el transitar no se sienta como un acto de resistencia diaria, donde el cruce de una calle no se convierta en el campo de batalla ante la imprudencia y la falta de civismo, donde el espacio público sea verdaderamente público y respetado por todos.

Al final, la responsabilidad de un buen gobierno no está solo en las grandes políticas estructurales, sino en la manera en que se traducen esas políticas en realidades palpables y en la empatía. Y ahí, en esa traducción cotidiana, es donde Cepeda también debe tocar las fibras de sus posibles electores.

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