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Mostrando las entradas etiquetadas como noche

Un texto de José Ignacio Benavidez

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  “La lucha misma hacia las cimas basta para llenar el corazón del hombre. Hay que imaginar a Sísifo feliz.”  El mito de Sísifo  (1942) José Ignacio Benavidez Ahora que anochece Ahora que anochece, en un aliento que se agota, sin apremios y al instante de las ascuas, por fuerza me pregunto e interrogo. ¿Cuál ha sido del hombre, su lugar y el rol en este mundo? Si acaso, el de un nicho seguro que deslumbra y un espacio que acapara sediento, encandilando las miradas de los egos y el fuego fatuo, como uno entre los tantos, de aquellas sumatorias, inertes, mansas y crecientes del rebaño; o empero solo, a la inversa, el de un lugar sin credencial, de un austero ser, uno más entre los menos, el de aquellos insumisos, sospechosos e invisibles, duros desafectos, de las estrecheces y censura del redil, adscritos a una excluida, extraña y selecta membresía. Si por bula de los dioses, así los hubieres decidido, -al sumarte: en alma, restos y esperanza-, a aquel universo protector de...

Canción nocturna de Leon de Greiff

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León de Greiff, 1931 E n tu pelo esta el perfume de la noche y en tus ojos su tormentosa luz. El sabor de la noche vibra en tu boca palpitante. Mi corazón clavado sobre la noche de abenuz. La noche está en tu frente morena, erguida y frágil y en tus brazos que un vello sutil aterciopela. La noche está en recónditos parajes de tu cuerpo: -la noche perfumada de nardo y de canela... La noche está en tus ojos brunos, iridiscente: constelaciones bullen en su vivaz burbuja. La noche está en tus ojos brunos, cuando los cierras: noche definitiva, noche agorera, noche bruja. En tus oídos toda la música de la noche se refugia, y te arrulla con vago susurro... En tus oídos, toda la música de la noche, y en  tu voz, y en tu risa, y en tu tácito llanto... En tu frente, su angustia latente insomne yerra, y en tu pecho amoroso, su tormentosa luz. En la noche sortílega, sortílego discurro... El sabor de la noche vibra en tu boca palpitante. tus manos son dos pá...

Homenaje, un relato de Jaime Cárdenas en tiempos de La Rueda

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Ja ime Cárdenas HOMENAJE A l a estación del tren llegó Rafael Maya vestido de gris, impecable con la gabardina colgando de un brazo y con una pequeña maleta repujada en cuero. Cuando el silbido anunció que el tren avanzaba en su destino y empezó lentamente a dejar la estación, del bolsillo interior sacó su pañuelo y sereno se despidió del Señor Tomás Maya, de la señora Laura de Maya y de algunos condiscípulos de la Universidad del Cauca. Atrás quedaba Popayán, con sus altos balcones y sus casas blancas, con sus noches diáfanas y sus atardeceres. La pequeña ciudad viviendo el hechizo de su propio tiempo que la hacía única e inolvidable. El tren avanzaba a la conquista de las montañas de los Andes. Atrás quedaba la ciudad blanca pero Rafael Maya siempre la  llevaría r consigo y a ella habría de volver en su memoria en el transcurso de su vasta obra y de su larga existencia. Un martes de abril de 1917 cuando caía la lluvia Rafael Maya llegó a la fría Santafé de ...