Estados Unidos: la rápida implosión de una democracia
| Portada de The Economist, 23 enero 2026 |
Una noche de enero puede convertirse en un amanecer de epifanías históricas, y si ese enero es el de 2026, nada en Estados Unidos parece estar funcionando como antes.
Un libro que compré de regreso de Alemania en una librería del aeropuerto Eldorado—El fracaso de la República de Weimar (Taurus, 2025) de Volker Ullrich— yace abierto otra vez en mi mesa, un recordatorio a la mano de que las democracias no son fortalezas inexpugnables sino estructuras frágiles hechas por manos humanas, susceptibles de ser erosionadas. Ullrich documenta, con precisión histórica, cómo la primera democracia alemana producto de la Revolución de 1919, nació entre sucesivas convulsiones, hiperinflación y fracturas internas de los partidos socialdemócratas que la condujeron al autoritarismo absoluto del III Reich. Es una advertencia histórica: las libertades que han sostenido el Estado, que parecen firmemente conquistadas pueden desaparecer con sorprendente rapidez bajo presión sostenida en los ámbitos sociales, económicos (los aranceles de Trump) y políticos (La injerencia de Estados Unidos en las elecciones de Honduras y en el régimen de Maduro). El Estado, como razón última de Hegel, se desmorona, ante el fracaso de la razón misma.
Estados Unidos, cien años después de la república de Weimar, está experimentando la misma advertencia histórica. Cuando se cumple un año del segundo mandato de Donald Trump, no es posible ignorar que la democracia estadounidense exhibe síntomas de fragilidad y deterioro. La presencia de agentes de Immigration and Customs Enforcement (ICE) en las calles de Minnesota, deteniendo personas sin leerles sus derechos ni advertirles sobre fundamentos legales de las detenciones, ha generado un rechazo ciudadano profundo, protestas masivas y llamados de actores reconocidos, sindicatos y organizaciones civiles a un “apagón económico” en respuesta a lo que muchos perciben como abuso del poder federal.
El 7 de enero de 2026, Renée Nicole Good, ciudadana estadounidense, fue abatida a tiros por un agente del ICE durante un operativo en Minneapolis. Las imágenes en las redes y las protestas posteriores han generado un nivel de indignación social que recuerda épocas de crisis de legitimidad institucional como la que produjo la protesta contra la guerra de Vietnam o Watergate.
El uso de fuerza letal por parte de agentes federales del ICE contra civiles e inmigrantes no es un hecho aislado en este mandato; es parte de un patrón de aplicación del poder que socava la ley en favor de la imposición por parte del equipo de Trump. Esta administración ha visto detenciones arbitrarias, detenciones de niños y la extensión de un clima de miedo en comunidades que nunca imaginaron ser objeto de operativos de este tipo lejos de las fronteras.
Retornando al libro de Ullrich, su análisis de la república de Weimar subraya que la confianza en la superioridad de la democracia puede volverse precisamente la causa de su caída: la fe en ese sistema que parecía eterno, impide la autocrítica o el reconocimiento de las grietas que aparecen con rapidez no solo en Estados Unidos sino en Latinoamérica en el espectro amplio que va desde Bukele en el Salvador, la Argentina de Milei hasta el régimen de los Ortega en Nicaragua. La izquierda reacia a reconocer sus errores y cambiar, como ha sucedido en Chile, con el ascenso de la ultraderecha de Katz es otro factor a tener en cuenta. Ya Boric, casi expresidente lo ha señalado. La narrativa del diálogo, participación, consensos, que dominó gran parte del siglo XX ha dado paso a una retórica de fuerza absoluta y atropellos, donde el mismo presidente Trump ha llegado a afirmar que “a veces la dictadura es necesaria”. Esta frase no es un desliz en sus palabrerías; es un testimonio directo de cómo se pueden trivializar un término que en la república Weimar marcó el fin de la república por la socavación constante por parte de los secuaces de Hitler.
Para muchos ciudadanos, la pregunta deja de ser si las instituciones funcionan y pasa a ser cómo pueden ser cooptadas por un Ejecutivo que concentra poder bajo la bandera de la seguridad, la inmigración y la mentira como forma de gobierno. ¿Qué ocurre cuando una parte significativa de la población, enfrentada a ansiedad económica, desigualdades persistentes y frustración con las élites políticas tradicionales siguen un camino semejante, se siente segura votando por dirigentes que exhiben tendencias autoritarias y desprecian la ciencia, las vacunas que han salvado miles de vidas, las instituciones independientes y las libertades civiles? Es una pregunta que ilumina una fractura profunda, una grieta ideológica y emocional que divide a la sociedad.
La fragilidad de las democracias no se expresa solo en golpes de estado drásticos, sino en la erosión lenta de normas, en la normalización de prácticas extraordinarias, en el discurso que esconde o transforma mentiras en verdades, en la indiferencia frente a la vulneración de derechos y en la polarización que convierte a los adversarios políticos en enemigos irreconciliables. La República de Weimar nos enseña que la erosión comienza con la renuncia a pequeñas garantías, con la tolerancia constante a la retórica de exclusión y el escamoteo diario de los logros sociales que se han hecho en los gobiernos como el de Gustavo Petro.
Estados Unidos hoy vive una encrucijada: su democracia está siendo puesta a prueba no solo por crisis externas que fabrica Trump o internas en el plano del costo de la vida y la miseria en las calles, sino por la relación entre el poder omnímodo y su violencia contra la ciudadanía, y su arquitectura institucional. La recuperación, si llega, será producto de la protesta ciudadana para proteger los derechos y libertades fundamentales antes de que el tejido social se debilite más allá de la reparación.

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