Colombia: después de la fiesta de la democracia
"Todos esos gritos en las redes contra los congresistas corruptos no dejan ver que el elector es el más corrupto, puesto que es el que determina la elección."
Jaime Cárdenas
Todavía suenan los últimos sones de la fiesta de la democracia, - la más antigua de nuestra América-, que tuvo lugar el pasado domingo. Pronto vendrá la resaca, el guayabo, y los arrepentimientos por los excesos. Sanado el malestar, se impondrá la indiferencia.
Las elecciones de los congresistas atrajeron la atención de miles de colombianos. Era tiempo de que se realizaran. Mucho ruido, vallas por todo lado, comparsas, unas alegres otras grotescas, consignas repetitivas y bobas hasta el hartazgo: ahora sí, llegó el momento para el cambio, con Pedro Pérez ganamos todos, faltaba yo, pero llegué, etc., etc.
Lo cierto es que nada sustancial cambiará con el nuevo congreso. Más allá de la euforia, al Pacto Histórico las cifras no le alcanzan para la mayoría ni en las plenarias ni en las comisiones. El bloque que se crea para frenar las iniciativas de fondo está vivo y no veo razones para considerar que se arrepientan de su perversa posición. Es más, puede que si vean en su interior que perjudican el avance de la sociedad para que sea menos injusta, menos desigual; sin embargo, detrás de ellos están los verdaderos dueños del poder y estos están conectados directamente, hoy que todo el mundo está conectado, con las órdenes del pedófilo Trump, sus militares, sus amigos judíos, con los megapoderosos dueños de las corporaciones y ninguna consideración frente a las necesidades del ser humano se puede esperar del capital.
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| Aida Quilcué e Iván Cepeda |
Sin duda hay personas valiosas en ese nuevo congreso. No puede perderse de vista al menos por un momento el ver que los buenos a veces se parecen en muchos aspectos a los malos y estos en ocasiones son mejores que los buenos. Las fronteras ideológicas han desaparecido en buena medida, la formación política, la cultura de los congresistas es pobre, mírese a donde se mire. Las excepciones existen, pero son escasas.
Y también es saludable para que las falsas percepciones no lleven a certezas inexistentes el mirar el comportamiento de los electores. Todos esos gritos en las redes contra los congresistas corruptos no dejan ver que el elector es el más corrupto, puesto que es el que determina la elección. Si se suman, son millones los que aceptan a personajes oscuros y es a esos millones a los que habría en principio que refutar por su decisión. Digo en principio, porque en realidad es tiempo perdido. Saben por quién votan y no les importa. Los mejores argumentos no conseguirán hacer mella en sus preferencias. A título de hipótesis puede ser que acepten los argumentos, pero llegado el momento están con sus compinches de quien algo reciben, directa o indirectamente. En otro contexto, bien decía Augusto Monterroso que lo mejor de los consejos que solemos dar es que todos los aceptan, pero nadie los pone en práctica.
Sí, son los electores los verdaderos heraldos del infierno. Y no los formularios de las elecciones, ni los funcionarios de la Registraduría. Es muy seguro que en la elección de coordinadores de patios en el cielo hay fraude, pero en el caso colombiano no es correcto endilgar a la Registraduría las derrotas. En el pasado fue evidente su venalidad, pero hoy tienen un sistema de cómputo muy avanzado con el mecanismo de prevención del fraude bien aceitado, y con un ejército de funcionarios, de escrutadores, de testigos de una moralidad sin tacha. Vimos en la bella ciudad de Barrancabermeja una impecable organización de las pasadas elecciones, el hecho se repite en nuestra geografía.
La pregunta surge indefectible: ¿Qué hacer frente a un millón de electores que votan por Oviedo quien sistemáticamente, hasta el último paso dado que lo lleva a ser fórmula de Paloma Valencia, ha legitimado con su irrestricta adhesión el terrorismo de estado de Álvaro Uribe?
La respuesta no la tenemos a mano, pero al menos podemos sugerir que entre las filas de quienes se autodenominan gestores del cambio, generadores de Colombia paraíso y potencia mundial de la vida podrían formarse líderes, a partir del estudio, de la relación con la vida de las gentes, de la participación en los diálogos, de tal manera que su voz pueda tener eco en eso que se llama las mayorías silenciosas. Pero infelizmente son iniciativas de formación política inexistentes, de ahí que la mejor herramienta les sea la loa barata o la diatriba.
Porque esos votos de Oviedo, ganados en franca lid, ponen en cuestión a todos los señores y señoras de las tarimas, de los micrófonos, de las fotos en las redes, irrestrictos seguidores de su líder, mediocres en su formación y muy parecidos en sus apetitos a sus rivales. Y es que cuando Gustavo Bolívar sale a defender a Arturo Calle y a Mario Hernández, se comprende bien porque en Bogotá quedó rezagado, detrás de Oviedo, por los días no lejanos cuando quiso ser alcalde de Bogotá.
Las pasadas elecciones implicaban la escogencia de la fórmula de vicepresidente. Cepeda optó por Aida Quilqué. No podemos menos que alegrarnos de su determinación, conocemos la larga lucha de los indígenas del Cauca, vanguardia en la proyección histórica por una nueva sociedad. Aida es una mujer valiosa quien ha caminado la historia de sus comunidades luchando verdaderamente.
Cepeda debe ser el presidente. Es de esperar que con el castigo y la sanación que le hicieran los taitas supremos del yagé, acompañados con su ortiga y sus cantos ancestrales, reconsideré su culto a la personalidad. En todo caso, la distancia que media en cuanto a la formación, la ética, el servicio a la sociedad, la personalidad de Iván Cepeda con la de los restantes candidatos presidenciales es tan abismal como la que existe entre un día soleado en un campo de trigo y una noche en la que los alacranes, las brujas, las cucarachas y los vampiros celebran su aquelarre.
Que vuelen los días para que el buen hijo de Manuel y Yira sea el timonel.

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