Sarampión en Norteamérica: la vacunación como bien común frente a la desinformación
Mario Delgado Noguera
El aumento de casos de sarampión en Canadá, México y Estados Unidos vuelve a poner en primer plano una pregunta que no es nueva pero sí urgente: cómo proteger a la población cuando una enfermedad prevenible reaparece por fallas en la cobertura de vacunación. Los datos reportados según El Tiempo en 2025, muestran 6.428 casos de sarampión en México y 2.200 en Estados Unidos. En términos absolutos, esas cifras pueden parecer limitadas; en términos epidemiológicos, bastan para reactivar cadenas de transmisión en comunidades donde la inmunidad colectiva se ha debilitado.
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| Imagen tomada de The NewYorker |
El sarampión se transmite de persona a persona y es una enfermedad viral muy contagiosa que cusa muertes y secuelas. La herramienta central para contener su circulación es la vacunación con coberturas por encima del 90 %, umbral que permite la llamada inmunidad de rebaño. Cuando ese nivel no se alcanza, el virus encuentra espacios para circular. En Norteamérica, el repunte coincide con la expansión de discursos antivacunas que han ganado espacio público y respaldo político. En Estados Unidos, el actual secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., ha promovido durante años la idea de una relación entre vacunas y autismo, tesis basada en el llamado fraude de Wakefield, desmontado por la comunidad científica y por la revista que publicó el artículo original. Pese a ello, ese argumento se ha usado para cuestionar programas de vacunación, desarmar comités asesores de científicos y proponer sustitutos de la vacunación sin evidencia, como la administración de vitamina A en dosis elevadas, con reportes de intoxicación en niños.
La desinformación no es un fenómeno abstracto. Tiene consecuencias medibles. Cuando se siembra duda sobre una intervención de salud pública, la cobertura cae y el riesgo se distribuye de forma desigual. El sarampión no distingue fronteras ni afiliaciones políticas, sin embargo, su prevención por la vacuna puede ser usado como arma política. Su control depende de decisiones colectivas sostenidas en el tiempo.
En Colombia, el Ministerio de Salud y la Sociedad Colombiana de Pediatría han reiterado tres hechos básicos: las vacunas funcionan, son seguras y hacen parte del sistema de salud. Estas afirmaciones se apoyan en décadas de evidencia. La vacunación ha tenido un impacto comparable al del acceso al agua potable en la reducción de mortalidad por enfermedades infecciosas. Durante la pandemia de covid-19, pese a la circulación de mitos, los estudios confirmaron que las vacunas redujeron muertes, hospitalizaciones y secuelas. En paralelo, la tecnología ha permitido desarrollar vacunas con altos perfiles de seguridad y esquemas de vigilancia continuos. En esa línea, el país aprobó recientemente la vacuna contra el dengue, una enfermedad transmitida por vectores que afecta a varias regiones.
Las redes sociales han acelerado la circulación de falsedades. Frente a ese escenario, la respuesta no puede limitarse a desmentidos aislados. Requiere campañas sostenidas, cercanas a las comunidades, y servicios de salud con capacidad de respuesta. En contextos de desastres asociados al cambio climático —inundaciones como la del departamento de Córdoba—, la continuidad de la vacunación evita que a la emergencia ambiental se sume una emergencia epidemiológica.
El debate tiene además una dimensión internacional. La decisión de la administración Trump de retirar apoyo a la Organización Mundial de la Salud y a la Organización Panamericana de la Salud debilita los sistemas de alerta y coordinación que permiten detectar brotes y coordinar respuestas. Defender la salud como derecho universal implica sostener el multilateralismo sanitario y la cooperación entre países. Implica también apostar por información basada en evidencia, accesible y verificable, frente a narrativas que reemplazan la protección colectiva por lógicas de transacción, interés comercial y fragmentación.
La vacunación es un bien común. Protege a quien la recibe y a quien no puede recibirla. Cuando falla, el costo se distribuye en el sistema de salud, en ausentismo laboral, y en mantener hospitales, escuelas y hogares. El brote de sarampión en Norteamérica recuerda que la prevención no es un asunto del pasado. Es una tarea urgente, presente, compartida y dependiente de la confianza pública.
Calvache, J. A.; Delgado-Noguera, M. OMS bajo ataque: recortes, populismo y el desmantelamiento de la salud como Bien Común. Rev. Fac. Cienc. Salud Univ. Cauca 2025, 27, e2714.
Measles in North America: Vaccination as a Public Good in the era of Misinformation
Translate by ChatGPT
Mario Delgado Noguera
The rise in measles cases across Canada, Mexico, and the United States brings back to the forefront a question that is neither new nor avoidable: how to protect populations when a preventable disease resurfaces due to gaps in vaccination coverage. Data reported by El Tiempo in 2025 indicate 6,428 measles cases in Mexico and 2,200 in the United States. In absolute terms, these figures may appear limited; in epidemiological terms, they are sufficient to reactivate transmission chains in communities where herd immunity has weakened.
Measles is a highly contagious viral disease transmitted from person to person, associated with mortality and long-term complications. The central tool to contain its spread is vaccination, with coverage rates exceeding 90 percent, a threshold that enables herd immunity. When this level is not achieved, the virus finds conditions to circulate. In North America, the resurgence coincides with the expansion of anti-vaccine discourse that has gained public visibility and political endorsement. In the United States, the current Secretary of Health, Robert F. Kennedy Jr., has for years promoted the claim of a link between vaccines and autism—a thesis rooted in the so-called Wakefield fraud, which has been dismantled by the scientific community and retracted by the journal that originally published it. Despite this, the argument continues to be used to challenge vaccination programs, dismantle scientific advisory committees, and propose unsupported substitutes for immunization, such as the administration of high doses of vitamin A, with reported cases of toxicity in children.
Misinformation is not an abstract phenomenon; it has measurable consequences. When doubt is cast on a public health intervention, coverage declines and risk is unevenly distributed. Measles does not recognize borders or political affiliations; however, its prevention through vaccination can be instrumentalized in political conflict. Its control depends on sustained collective decisions over time.
In Colombia, the Ministry of Health and the Colombian Society of Pediatrics have reiterated three basic facts: 1) vaccines are effective, 2) they are safe, and 3) they are an integral component of the health system. These claims are grounded in decades of evidence. Vaccination has had an impact comparable to access to safe drinking water in reducing mortality from infectious diseases. During the COVID-19 pandemic, despite the circulation of myths, studies confirmed that vaccines reduced deaths, hospitalizations, and long-term sequelae. At the same time, technological advances have enabled the development of vaccines with high safety profiles and continuous surveillance systems. In this context, the country has recently approved a dengue vaccine, targeting a vector-borne disease affecting several regions.
Social media have accelerated the dissemination of falsehoods. In this context, responses cannot be limited to isolated debunking efforts. They require sustained campaigns, proximity to communities, and health services with operational capacity. In settings shaped by climate-related disasters—such as flooding in the department of Córdoba—the continuity of vaccination prevents an environmental emergency from becoming an epidemiological one.
The debate also has an international dimension. The decision of the Trump administration to withdraw support from the World Health Organization and the Pan American Health Organization weakens the alert and coordination systems necessary for outbreak detection and response. Defending health as a universal right entails sustaining multilateral health governance and cooperation among countries. It also requires a commitment to evidence-based, accessible, and verifiable information, in contrast to narratives that replace collective protection with logics of transaction, commercial interest, and fragmentation.
Vaccination constitutes a public good. It protects both those who receive it and those who cannot. When it fails, the cost is distributed across the health system, in labor absenteeism, and in the maintenance of hospitals, schools, and households. The measles outbreak in North America underscores that prevention is not a matter of the past; it is an urgent, present, shared task, dependent on public trust.
Reference
Calvache, J. A., & Delgado-Noguera, M. (2025). WHO under attack: cuts, populism, and the dismantling of health as a public good. Revista de la Facultad de Ciencias de la Salud, Universidad del Cauca, 27, e2714.

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