Los candidatos frente a la ciudadanía en Colombia: el carisma de lo falso

 


El carisma de lo falso

Mario Delgado Noguera

 


El espectáculo de las próximas elecciones presidenciales ya no se disfraza. Se exhibe. Se amplifica y se consume. Se habla de 13 milagros. En los medios —esa mezcla de algoritmo, micrófono y rabia— aparecen figuras que no discuten: señalan. No argumentan: declaran. No contrastan: simplifican. Y el público, dividido en tribus digitales, da likes o abuchea según el bando, no según la evidencia.

En ese escenario emergen nombres como Abelardo de la Espriella, exponentes de una tendencia más amplia que ha incluido a Trump, Bolsonaro, Bukele, Milei, Kast y Noboa. Aquí no hay adversarios; hay enemigos. No hay debate; hay sentencia. No hay matices; hay consignas.

Ilustración vía iStock



El problema no es la existencia de posiciones firmes —eso es inherente a la política— sino la erosión sistemática de las mediaciones que hacen posible la vida democrática. La institucionalidad, ese entramado lento de normas, procedimientos y controles, aparece retratada como un obstáculo. La academia, como un club sospechoso. El conocimiento especializado, como una trampa elitista. En su lugar, se instala una narrativa de intuición inmediata: lo que “se siente” verdadero reemplaza lo que puede demostrarse.

La consecuencia es tangible en las fake news como un instrumento que, en Colombia, ya se había usado ampliamente desde los dos periodos de Uribe. Operan fragmentando la conversación pública, erosionando la confianza y debilitando la capacidad colectiva de distinguir entre hecho y opinión que recuerda el conocido obstáculo epistemológico. Cuando todo es relativo, todo es manipulable. En ese terreno, el carisma de la mentira encuentra su ventaja competitiva.

Defender la institucionalidad, entonces, no es un gesto conservador ni burocrático. Es una necesidad operativa de la democracia. Sin reglas compartidas, sin órganos que verifiquen, sin procedimientos que limiten el poder, la política se reduce a la fuerza del discurso más estridente que amplifican y repiten hasta el cansancio los medios afines. En ese panorama, históricamente, no favorece a la ciudadanía organizada sino a quien mejor domina la simplificación. Por esto es importante lo que señalaba Rodrigo Uprimny en El Espectador: “no sólo aspiro a que haya debates públicos civilizados entre los principales candidatos, sino que, por mi parte, me quedará muy difícil apoyar, al menos en primera vuelta, a quien se haya negado, sin razones sólidas, a participar en esas discusiones”.

Aquí entra la sociedad civil. No como concepto abstracto, sino como práctica concreta: asociaciones, las universidades que se alejan del pensamiento común y que se abren al debate, sindicatos, medios independientes, colectivos ciudadanos, organizaciones. Espacios donde la deliberación no depende del volumen de la voz ni de la violencia sino de la consistencia del argumento y del contraste de la información. Fortalecer estos espacios implica reconocer que la democracia no se agota en el voto; se sostiene en la capacidad de los ciudadanos para informarse mejor, organizarse y exigir rendición de cuentas. No tragar entero.

El Estado, por su parte, no es una entelequia ajena. Es el instrumento mediante el cual se administran los bienes comunes: salud, educación, infraestructura, seguridad ciudadana y jurídica. Debilitarlo en nombre de una supuesta eficiencia o de una narrativa antipolítica no elimina los problemas; los redistribuye de manera desigual. Los bienes comunes, sin un Estado funcional, dejan de ser comunes.

La discusión de fondo no es ideológica en el sentido estrecho. Es estructural. Se trata de decidir si la política colombiana se organiza alrededor de instituciones verificables o de liderazgos que reclaman un falaz monopolio de la verdad. Si se privilegia el conocimiento acumulado o la sospecha permanente contra cualquier forma de experticia. Si la ciudadanía se concibe como interlocutora o como audiencia manipulable.

Es necesario no caer en la lógica binaria que reduce la complejidad a espectáculo. Porque cuando la política se convierte en un guion de buenos y malos, la democracia deja de ser un sistema y se convierte en una narrativa, un story telling, una postura inmediata favorable a los memes efímeros. Y las narrativas, a diferencia de las instituciones, no rinden cuentas.

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