Diez años después: La Paz requiere entusiasmo y un horizonte
Mario Delgado Noguera
El viernes 9 de octubre, en el Teatro Imperial de Pasto, imponente edificio que es monumento nacional y depende de la Universidad de Nariño, cerró el XXII Congreso Colombiano de Historia. Fueron cinco días dedicados a contar el país desde las regiones y no desde el ombligo bogotano. La clausura consistió en un panel que contó con el expresidente Juan Manuel Santos recordando la firma del Acuerdo de paz con las FARC el 26 de septiembre de 2016. La escena era para la memoria: los historiadores, que se ganan la vida explicando por qué repetimos los mismos errores, junto al hombre que firmó el intento más serio de dejar de repetirlos.
Santos firmó dos veces porque debió transar con el uribismo que usaba la propaganda perversa por el No del ex procurador Ordóñez, ahora embajador en la OEA. La primera vez, el 26 de septiembre en Cartagena, hubo varios jefes de Estado, camisas blancas, ambiente festivo y un bolígrafo hecho con una bala. Seis días después, el plebiscito del 2 de octubre tumbó el Acuerdo por 0,48%. Hubo que renegociar, y el 24 de noviembre se firmó de nuevo en el Teatro Colón de Bogotá, ya sin fiesta ni publicidad, con el mismo balígrafo y bastante más humildad. Ese segundo acuerdo es el que el próximo noviembre cumplirá diez años.
En Colombia la guerra centenaria y enquistada tiene una crónica propensión reproductiva. Cada muerto deja una deuda, cada venganza fabrica otra y cada generación hereda, junto con la cédula, las guerras recicladas. Pero la pregunta del aniversario no es si la paz fracasó. La pregunta es por qué seguimos dejando que la guerra escriba la agenda.
La rápida captura del Estado por las huestes del presidente De la Espriella tiene como objetivo la política autoritaria contra la memoria y busca con rapidez capturar el Estado para unos pocos. Por fortuna el panel del teatro Imperial afincó su horizonte en la utopía de a Paz, así con mayúscula. No nos pueden quitar esa utopía, ni arrancarla con la violencia estatal que vemos estos días.
Confundir una implementación lenta, atacada y amenazada con hacerla trizas en el gobierno Duque, o con desinterés como sucedió en el anterior gobierno, confundirla con el fracaso de la paz es como quemar la casa y concluir que el error fue construirla. El Acuerdo es reconocido mundialmente y tiene aún herramientas concretas: reforma rural integral, participación política, una salida al problema de las drogas, justicia transicional y no repetición. Además, no es de un presidente. Compromete al Estado, y debemos recordarlo a diario porque el Estado es también la utopía de un bien colectivo, de todos y para todos, aunque este gobierno lo coopte, trate la Paz a las patadas y quiera solo hablar de pistolas, fusiles, marcos rubios, gobernantes espurios y repudiados del Medio Oriente.
Nada de esto exige ignorar a los nuevos grupos armados del narcotráfico ni el enquistamiento de este mal en los poderes. Exige enfrentarlos sin renunciar a la política, la justicia y la presencia real del Estado.
La paz no es ingenuidad. Ingenuo es creer que la violencia, aplicada por enésima vez, dará un resultado distinto. La utopía no es que mañana desaparezcan los fusiles. Es tener la esperanza de paz que no se quita con fantocherias, teatro y violencias. En Pasto, la capital de Nariño, ciudad que en un día tomó valientemente el nombre del precursor para el departamento, quedó claro que esa posibilidad todavía tiene ruta, con baches incluidos.

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