Las palabras de la política, las reformas y las marchas en el gobierno Petro

 

Mario Delgado Noguera


Hubo un momento —no en el Capitolio, no en los editoriales, no en los paneles de televisión— sino en la calle, entre pancartas hechas a mano y vendedores de tinto, cuando algo se hizo visible. Cuatro años de la presidencia de Gustavo Petro no se explican solo con decretos, reformas o sus apresurados y erráticos tuits en la madrugada. Se explican con una escena: miles de personas marchando y hablando de política como si fuera asunto propio. Política dicha en voz alta.






La historiadora Margarita Garrido lo explicó al estudiar las revoluciones de independencia a principios del siglo XIX: cuando cambia el orden social, cambia el lenguaje con el que se lo nombra. Palabras nuevas para un mundo que intentaba existir después de la dominación chapetona. Soberanía popular. Libertad. Igualdad. Derechos. Constitución. Ciudadanía. Fueron las palabras que iniciaron su dominio en las conversaciones después de la Independencia de la Nueva Granada.

Algo parecido ha ocurrido en estos años. En las marchas —y lo digo como uno de los integrantes en esa multitud— aparecieron otras palabras, otras formas de comunicarse, de ver la variedad de grupos y organizaciones que, bajo sus pancartas, elevaban la voz en defensa de los logros sociales. Defensa de la educación pública, promulgación en Popayán de la modificación a la ley 30 de Educación Superior. Reforma laboral. Salario vital. Empleo digno, Reforma pensional, distribución de tierras, derecho a la educación. Lo que antes era consigna de sindicatos o discusión de expertos se volvió conversación de bus, de plaza, de esquina. Y en esa mezcla ocurría algo elemental: reconocerse.

Mario Benedetti escribió una línea simple: “somos mucho más que dos”. En la calle esa frase se vuelve física. Codo a codo. Miles de cuerpos diciendo que la política también ocurre ahí.

El escritor y analista Hernando Gómez Buendía lo describió con una fórmula que incomoda: los “nadies”. No es un término académico; es una palabra que circula. Los que durante décadas estuvieron fuera del lenguaje del poder comenzaron a nombrarse como parte del país. No solo como un número de habitantes, sino como colombianos más afines con sus derechos.

Ese reconocimiento produjo reacción inmediata. La llamada “gente bien”, expresión que en Colombia funciona como frontera social, sintió que algo se desplazaba, que su desprecio por el sancocho y el ajiaco no tiene cabida. Porque cuando quienes estaban fuera del centro político comienzan a hablar en nombre propio, el mapa del poder se mueve.

El columnista Pedro Medellín lo comenta en una frase publicada en el diario El Tiempo: “El país político ha vivido un cambio estructural”. La política entró en todos los rincones y ha dejado de ser un ritual que ocurre cada cuatro años frente a las urnas. Se volvió conversación permanente, en una manera distinta de ver la vida.

Eso tiene un efecto que va más allá de Petro, de su gobierno o de sus reformas. La democracia empieza a verse como práctica diaria. No como procedimiento. Defenderla deja de ser una palabra solemne y se vuelve una actividad concreta. Estas elecciones que parece que tendrán una mayor participación, demostrarán fortaleza política e institucional.

Como en el siglo XIX, el cambio primero aparece en el lenguaje. Y cuando cambia el lenguaje, cambia la manera en que una sociedad se reconoce a sí misma.

Referencia

Garrido, Margarita, y Juan Ignacio Arboleda, eds. Glosario para la independencia: Palabras que nos cambiaron. 2.ª ed. Bogotá: Instituto Distrital de las Artes – Idartes y Banco de la República, 2019.


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