La segunda vuelta presidencial: la hora de sumar

 

La segunda vuelta presidencial: la hora de sumar

 

Mario Delgado Noguera

 

Las campañas electorales suelen tener un momento decisivo. No es el de las plazas llenas, ni el de los discursos más encendidos, ni siquiera el de las encuestas. Es el instante en que deben decidir si quieren hablarle únicamente a los convencidos o si están dispuestas a conquistar a quienes todavía dudan. En política, como ha señalado el ensayista y analista colombiano Hernando Gómez Buendía en su libro “Colombia después de Petro”, el arte fundamental consiste en sumar.


Iván Cepeda. Foto: El Tiempo

La candidatura de Iván Cepeda parece haber llegado a ese punto. Tras la primera vuelta presidencial, el escenario político colombiano se ha redefinido alrededor de una confrontación más nítida. Del otro lado aparece Abelardo de la Espriella, cuya retórica de confrontación grosera, sus apelaciones emocionales y su visión de la política basada en el autoritarismo, han encontrado una importante audiencia en amplios sectores del país. “Hubo una campaña sucia, machista, homofóbica” señaló Oviedo, después de la aplastante derrota de Paloma Valencia. Frente a ello, la pregunta ya no es cómo consolidar el respaldo propio, sino cómo ampliar la coalición social y política necesaria para gobernar.

La geografía electoral dejó algunas señales. Mientras ciertas regiones periféricas mantuvieron una afinidad con las fuerzas progresistas, buena parte del centro del país mostró comportamientos distintos. Allí pesaron factores culturales, percepciones sobre la gestión gubernamental, preocupaciones sobre la seguridad, económicas y una creciente sensibilidad hacia discursos de orden y estabilidad. Ignorar esa realidad sería un error estratégico.

Por ello, la campaña de Cepeda necesita una reformulación. Recomponer el equipo que la dirige. Despetrificarla, No una ruptura con su identidad política ni con los principios que ha defendido durante décadas, sino una ampliación de su horizonte que amplíe los nueve millones y pico de votos. La elección que se aproxima no es un plebiscito sobre el gobierno de Gustavo Petro. Es una elección presidencial sobre el futuro inmediato de Colombia.

La campaña debe comenzar por construir una imagen más autónoma. Durante los últimos años, buena parte de la conversación pública ha girado alrededor de la figura de Petro, con sus aciertos, dificultades, controversias y expectativas. Sin embargo, una candidatura presidencial requiere adquirir una voz propia. Los electores del centro político necesitan saber quién gobernará, cómo gobernará y con quién gobernará. Ellos suman.

En ese sentido, una de las decisiones más importantes podría consistir en anticipar la composición de un eventual gabinete. Mostrar un equipo diverso, competente y con experiencia administrativa enviaría una señal de estabilidad. Más aún si refleja el espíritu de acuerdo nacional que Cepeda ha planteado en repetidas ocasiones. La ciudadanía informada, que parece ser la del centro, suele confiar más en proyectos colectivos que en apuestas excesivamente personalistas o caudillistas.

También resulta indispensable reforzar los mensajes relacionados con la eficacia del Estado. Los debates ideológicos tienen su lugar, pero buena parte del electorado está preocupada por asuntos concretos: empleo formal, seguridad, salud, educación, infraestructura y crecimiento económico. La campaña necesita demostrar que las reformas sociales pueden coexistir con estabilidad institucional, disciplina fiscal y confianza para la inversión, con el tipo de capitalismo incluyente que busca Cepeda.

Otro desafío se encuentra entre los jóvenes. Paradójicamente, algunos sectores juveniles parecen menos atraídos por los discursos tradicionales de la izquierda que por narrativas asociadas a las diferencias, identidades, la innovación o la independencia frente a los grandes relatos ideológicos. La campaña tendría que hacer un equilibrio e interpretar esas sensibilidades sin renunciar a sus convicciones. La segunda vuelta exige, además, un cambio de tono. Las victorias presidenciales suelen construirse cuando una candidatura logra transmitir tranquilidad a quienes no piensan exactamente igual que ella. Gobernar una nación diversa implica atraer, ofrecer certezas, no únicamente vehementes entusiasmos en la plaza pública.

Tal vez la principal tarea de Iván Cepeda en estas semanas sea demostrar que representa una alternativa de futuro y no simplemente la continuación de una experiencia gubernamental, inédita, sí, pero ya pasada. Reconocer los avances y las limitaciones del ciclo político que termina, y proyectar una propuesta propia capaz de dialogar con sectores del centro y de las regiones centrales (Eje cafetero, Santanderes, Antioquia) de Colombia, donde predominó la inclinación por el abogado.

La política colombiana entra en una fase donde las identidades fuertes ya están definidas. Lo que queda por disputar es el terreno de la confianza. Y la confianza, como enseñan las campañas exitosas, rara vez se obtiene hablando únicamente para los propios. Se construye sumando.

El 21 de junio de 2026 no decidirá solamente quién llega a la Casa de Nariño. También pondrá a prueba la capacidad del Pacto Histórico de amoldarse a las nuevas realidades después de la primera vuelta, pues como señala Gómez Buendía, puede ser que los poderosos seguirán mandando, los “nadies” seguirán esperando, y la derecha extrema internacional afiance su poderío.




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