La patria milagro
Mario Delgado Noguera
Y entonces apareció el milagro.
No cayó del cielo entre querubines sonrosados ni vino acompañado de trompetas. Llegó en forma de discurso presidencial, decreto, videos y una frase repetida hasta convertirla en consigna: Patria Milagro. El Plan de Desarrollo ya no sería simplemente un plan: sería el plan milagro. Así estamos ante multitud de “milagros”: Plan Milagro de Reconstrucción, Fondo Milagro; Vivienda Milagro, Milagro Week, Milagro15, el de las megacárceles, Presupuesto Milagro. Claro el milagro no necesita demostración; necesita fe, admiración por lo sobrenatural, según su raíz latina. Sabemos que muchos colombianos tienen fe en el Señor de Buga, en la Virgen de las Lajas, en la Virgen del Carmen.
Pero ahí comienza el truco del gobierno de De la Espriella porque un gobierno democrático no debería pedirnos que creamos en milagros. Debería mostrarnos presupuestos, indicadores, resultados, contratos, debates parlamentarios y controles. Dejar que el DANE funcione independientemente. Un plan de desarrollo no se convierte en verdadero porque se le ponga el nombre de milagro, un presupuesto tampoco es milagroso, tan solo está ahora sobredimensionado a los caprichos presidenciales. Una promesa no es un hecho. Una creencia por divina que sea no es verdad. Un relato coherente no es necesariamente una verdad.
Además, hay una paradoja todavía mayor. El nuevo poder proclama, en medio caridad en forma de balones, exhibición impúdica de cadáveres, saludos militares, que respetará la Constitución de 1991 mientras ataca precisamente el modelo de derechos, libertades y garantías que esa Constitución consagró. Dice defender la casa mientras comienza a desmontar sus paredes.
Por lo tanto, los derechos que ahora aparecen como obstáculos no fueron inventados. Están escritos en la Constitución. Son conquistas jurídicas incorporadas al pacto constitucional colombiano. Por eso resulta extraño que el Gobierno invoque permanentemente la Constitución al mismo tiempo que presenta como necesarias transformaciones que reducen o desconocen algunas de sus garantías. Pero una Constitución no funciona como un relato religioso. No se cree en ella: se la cumple. Y los derechos constitucionales no dependen de que un gobernante los considere convenientes. Precisamente existen para poner límites al poder.
Por eso Colombia no necesita una patria milagrosa. Necesita una patria explicable.
Es aquí donde el relato del milagro adquiere toda su fuerza política. La palabra milagro puede convertir una decisión discutible en una decisión inevitable. El desmonte de un derecho puede presentarse como modernización. La concentración del poder puede llamarse eficiencia. El debilitamiento de los controles puede convertirse en autoridad. Y el periodismo que pregunta demasiado puede ser presentado como enemigo del milagro.
El mecanismo es antiguo: primero se construye el relato y después se le pide a la realidad que se acomode a él. El poder puede hacer algo parecido: presenta decisiones políticas como acontecimientos providenciales. Spinoza habría desconfiado de semejante operación. Cuando no comprendemos las causas de algo, tendemos a convertir nuestra ignorancia en milagro
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