El Gobierno que quiere hablar solo
El Gobierno que quiere hablar solo
Mario Delgado Noguera
Hay gobiernos que temen a los periodistas y a la opinión, que preferirían que los periodistas fueran decorativos: que estén allí, que sonrían, que graben y, sobre todo, que no pregunten, que no indaguen, en resumen, periodistas que no sean periodistas.
El gobierno de Abelardo de la Espriella apenas cumple unas semanas y ya aparece una escena inquietante. Según la revista cambio y el podcast de la Silla Vacía, veinte Emisoras de Paz, nacidas de los compromisos del Acuerdo de La Habana y destinadas precisamente a llevar la voz de los territorios golpeados por la guerra, quedaron fuera del aire informativo y reducidas a programación musical desde Bogotá.
Luego aparece la segunda escena: la presidencia habría impartido instrucciones para que los ministros no concedan entrevistas ni ruedas de prensa a medios que no sean considerados “amigos”, salvo autorización previa. Los ministros hablan; los periodistas, aparentemente, escuchan. Las preguntas sobran. Los grandes anuncios quedan reservados al Presidente que termina vitoreando a Cristo rey, recordando grupos de la dictadura de Franco.
Llega entonces la tercera escena: los ministerios dejan de ser voces autónomas de la administración y se transforman en parlantes de la Casa de Nariño o del Palacio de San Carlos o desde donde se reparte balones de campaña. Los comunicados, los mensajes y hasta la narrativa oficial pasan por los filtros.
Un gobierno democrático no tiene derecho a escoger las preguntas que quiere contestar. Puede criticar a los periodistas, puede desmentirlos, puede incluso considerarlos injustos. Lo que no debería hacer es construir un sistema en el que solamente los medios amigos tengan acceso al poder.
La salida del aire de Meridiano Blu, conducido por Camila Zuluaga y Ana Cristina Restrepo, añade una coincidencia políticamente incómoda, aunque hasta ahora no exista prueba pública de que Presidencia haya ordenado su terminación. Aquí está el problema de fondo: la censura moderna no necesita prohibir un periódico. Basta con administrar el acceso, controlar la información, decidir quién pregunta y quién no, y convertir la comunicación pública en propaganda. Ya lo estamos oyendo en los noticieros.
Es una receta conocida. Primero se silencian las voces lejanas. Después se seleccionan las voces cercanas. Finalmente, el Gobierno termina escuchándose a sí mismo. Solipsismo.
Cuando un poder político solo escucha su propio eco, deja de gobernar un país y empieza a gobernar un espejo.

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