El Salvador




Mario Delgado Noguera



En San Salvador la gente parece resignadamente contenta. Fue mi primer viaje al país más pequeño de América. Solo uno, entre los taxistas que me transportaron por distintos sitios de la ciudad, dijo que no estaba de acuerdo con las políticas del presidente Bukele por medio de su Régimen de Excepción que le ha dado al ejecutivo amplios poderes y ha sido criticado por afectar los derechos humanos. El taxista era un tipo fuerte, parecía de ascendencia palestina, de mediana edad, me recordó a Shafik Handal. Parecía un caso excepcional entre las personas que traté durante el viaje; en medio de la conversa contó que había pertenecido al Frente Farabundo Martí. Añadió que, tras los acuerdos de paz entre el gobierno y esa guerrilla en 1992, la izquierda había estado por dos periodos pero que muchas iniciativas de esos gobiernos quedaron en manos de la burocracia de la izquierda y que él se sentía decepcionado. Incluso dijo que el presidente Bukele había pertenecido al Frente de ese signo, cuando fue alcalde de la ciudad. Para completar su sustento tenía que trabajar en el taxi.

En los recorridos era llamativo que el transporte urbano son viejos buses escolares de Estados Unidos, algunos sin repintar su característico color amarillo. Sin paraderos fijos y con horarios infrecuentes, la gente se agolpaba para entrar a esos largos buses en las horas pico para volver a sus casas. En toda la ciudad, las pupuserías se levantan en hileras en una variedad tanto de calidad como de higiene. Las pupusas son las masas o tortillas de origen indígena, a base de maíz, como la arepa, con rellenos de uno o más ingredientes y sirve por igual para las tres comidas.

San Salvador es una ciudad febril, con mucha actividad, una versión más pequeña de ciudades colombianas como Cali por el entorno tropical. Está asentada en valles pequeños cercados por varios volcanes de poca altura que han llevado a desastres y terremotos como aquel que describió el poeta colombiano Porfirio Barba Jacob cuando reporteaba y escribía por varios países de Centroamérica.

Como todas las ciudades latinoamericanas es marcado el contraste entre las clases populares y pudientes; las oficinas y los edificios modernos de los negocios que ha traído el gobierno Bukele con las multinacionales de la información, están en calles cuidadas con exclusivos cafés de cata; éstos cuentan con personal entrenado que hacen probar variedades del café salvadoreño. En el barrio San Benito se levanta de manera preponderante el edificio de Google, con un aviso que domina la ciudad. Se dice que la multinacional extrae datos personales bajo la fachada de una empresa que ofrece servicios de salud, por medio de 30.000 consultas médicas por día. Aunque el gobierno dice que los salvadoreños han accedido al uso de sus datos privados, se sospecha que es una manera de vigilancia sin transparencia. Se comenta que el país es un destino de experimentación social y política.


Edificio de Google en San Salvador



En el centro reformado de la ciudad, el domingo era el día de paseo de las personas del pueblo bajo el calor tropical: plazas de mercado reformadas, jardines, estatuas ecuestres, de Morazán, de Bolívar, y una gran biblioteca de metal y cemento que sobresale por sus varios pisos donada por China y que contrasta con los edificios republicanos que han sido conservados. Parece contradictorio que un gobierno como el actual impulse la lectura. En el Museo Nacional de Antropología encontré ediciones bien cuidadas de historia, política y antropologías salvadoreñas.

Es difícil hablar de política. El turista o en mi calidad de asistente a un evento médico, no se podía determinar a quién hacer un comentario de ese tema. Me recordaba la cohibición para hablar que se sentía incluso en los últimos años de la dictadura de Pinochet en Chile. Se podía hablar del clima, del terrible tráfico de la ciudad, de la transformación del centro de la capital, del buen momento del negocio del libre comercio, del declive del cultivo del café salvadoreño, o de los temas propios del evento, pero lejos de los asuntos de la política. Al parecer la gente estaba tranquila de volver a salir a las calles, pero los altos muros de las casas, cubiertos con espirales de alambrado, recordaban a cada paso, que era un lugar donde delinquían las pandillas que había llegado principalmente de Estados Unidos, para desestabilizar el sistema democrático salvadoreño según me contaron después. Hay que aclarar cómo sucedió eso.


Biblioteca pública en el centro de San Salvador



Pregunté por la prensa. El periódico El Faro, referente del periodismo de investigación en la región centroamericana ha sido reprimido por Bukele, ya no circula en papel. Recientemente el diario se ha hecho con uno de los premios de la Fundación Gabo. El control de los medios y la tranquilidad que dicen que ha vuelto, son contradicciones sobresalientes en el régimen de Bukele que es el modelo para el presidente electo colombiano Abelardo, de noble nacionalidad colombiana y estadinense, considerado como un polichinela de Trump y de Netanyahu. El régimen de excepción impuesto en El Salvador, fue un decreto de emergencia que ha permitido al presidente eludir los procedimientos legales habituales desde hace ya casi cinco años. Recientemente la Asamblea Nacional autorizó un nuevo periodo presidencial. Según el diario El Faro, en lugar de la violencia de las pandillas, los salvadoreños están ahora sometidos a un poder estatal sin control, ejercido bajo una política de seguridad de mano dura y justificado por la supuesta popularidad ilimitada de su presidente Bukele.

Según Álvaro García Linera, Bukele representa “el envalentonamiento de las derechas latinoamericanas que han agarrado algo de experiencia. Es una derecha que también ha aprendido de sus errores, que se ha vuelto más audaz, más agresiva y violenta, pero a la vez más expansiva”. Esta nueva derecha con habilidad quiere apropiarse también de la cultura; habla de dar “batallas culturales” además de la bala tradicional que ofrecía en Colombia el expresidente Uribe. Hay una población que se la han venido tomando con una narrativa religiosa y generadora de miedos, que fluctúa al vaivén de olas de progresismo y reacción, y que también es de derechas, porque varios se han cansado de promesas que habrían de facilitar el diario vivir. Hay que recordar que nuestras sociedades están marcadas por la pobreza, la desigualdad, la falta de servicios públicos y están sumidas en la corrupción. Por otra parte, está el riesgo de que las narrativas y la cooptación de las instituciones públicas por la nueva derecha se consideren “naturales” y allí también se centran sus esfuerzos.

El Salvador es la vitrina de esa nueva derecha. Bukele atrae a las grandes compañías tecnológicas para que se asienten en el país. Como se anotaba, el país es un laboratorio de manipulación y algunos consideran que es el lugar del experimento de un nuevo colonialismo que se apropia de los datos de las personas sin trasparencia para alimentar las nuevas tecnologías donde ahora se asienta el negocio. “Cuando el poder elimina la crítica, los ciudadanos dejan de ser participantes y se convierten en sujetos de prueba, en conejillos de Indias”, anota el diario El Faro.

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