De la política, de sus impurezas
Jaime Cárdenas
De la política, de
sus impurezas
El rechazo cuando no la repugnancia que se manifiesta en algunos ciudadanos frente a la actividad social que se distingue como la política, es en muchos casos una incoherencia, o más aun, una manifestación de la más auténtica hipocresía. Para ellos la política es impura. Pero la vida práctica, la historia, muestran que grandes instituciones, ostentosamente puras en su teoría, vistas de cerca son oscuras y tétricas. En la justicia, algunos jueces y magistrados son peores que los políticos, y qué decir de algunos de sus pajecillos, esos secretarios, esos oficiales judiciales, peores que ciertos celadores de los selectos conjuntos cerrados? ¿Y no hemos visto hasta donde llegan las religiones y sus sacerdotes y profetas cuando de la ira santa se trata? Atrás no se quedan las instituciones de salud y sus apóstoles.
La vida es profundamente impura, hermanos pastorales. Y la
política, es cierto, generalmente puntea con esta divisa. También es cierto que
es imperiosa la necesidad de su transformación, pero no con esa clase de
sujetos que nacieron puros como Fajardo, a quien las ingenuas ballenas
seguramente no volverán a mostrarse en público. Para este caso no hay otra
alternativa que a paso lento ir cocinando esa renovación con los jóvenes, con
los niños y las niñas. Los adultos frente a la visión política son
ponzoñosamente tercos, creen conocerlo todo, como se dice de Dios, que todo lo
sabe.
En términos aproximativos el pasado 31 de mayo, 22 millones
de votantes dejaron sus hogares, su nicho, sea pobre, de clase media o rico, y
con lluvia o con sol, fueron a votar. El día se fue en eso, cayó la noche, el
elector se estremeció con cada informe de la Registraduría presentado como
quien anuncia la noticia del descubrimiento de la pastilla contra el cáncer.
Avanzó la noche y el elector comenzó a sonreír o su rostro se mostró sombrío.
Llamó a un amigo, a un familiar, interpretó los resultados y decidió irse a
dormir satisfecho con su triunfo o malhumorado con su derrota. Se recuerda, ya
en su cama que al día siguiente es lunes, sinónimo de realidad y que viene
brutalmente gris si su candidato perdió.
La política en sus diversas expresiones históricas ha
cautivado siempre, en su esencia está el poder que ejerce un poderoso
atractivo, fatal o vital, frente al cual pocos son indiferentes. Contrariando
la falsa opinión de que los filósofos viven en un mundo aparte, intraducible
por lo etéreo, son ellos quienes han producido las obras más importantes sobre
la arquitectura de la política. Ahí está Platón con su República y muy cerca
está Aristóteles con su Política. Los filósofos contemporáneos tampoco han sido
ajenos a su estudio; las obras de Kant, Marx, Nietzsche, Foucault, ilustran lo
anterior.
No veo que sea posible aislar la esfera de la emotividad de
la política, ni creo que se deba plantear esta separación como una conquista
puesto que la pasión es un buen acicate para la acción. Pero viendo el
desenvolvimiento de esta campaña presidencial se encuentra necesario, urgente,
que el pueblo colombiano suba de nivel, es decir, que tenga más elementos de
juicio para que su voluntad contribuya a decidir, con más seguridad del
intelecto, quien será presidente.
El analfabetismo político favorece la manipulación de las
conciencias, contribuye a que el factor emocional sea el referente único para
la simpatía del elector y de paso fomenta el sofisma del individuo que se
define jactanciosamente como apolítico.
Un paso notable para desmontar esa ignorancia ha sido el que
se eleve a carrera profesional la política. Así pues, hoy la politología tiene
reconocimiento como saber universitario. Hemos constatado que jóvenes graduados
en esta profesión tienen una muy buena formación académica y contribuyen a que
en los espacios donde laboran se escuchen argumentaciones valiosas.
Sin embargo, la oscuridad campea. Confiemos en que no se
afiance con la consecución del poder presidencial. Como quiera que sea, las
respuestas indefectiblemente vendrán.
Tengamos fe.

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