La historia en los muros del Museo Nacional

 

Recientemente el presidente De la Espriella ordenó de una manera brutal retirar piezas del Museo Nacional, piezas fundamentales para conocer la historia de Colombia, preservar la memoria de la nación y comunicar iconográficamente las contradicciones que ha vivido el país y la búsqueda de la paz. Esto ha ocurrido cuando, justamente, en el mes de noviembre se cumplen diez años de la firma de los Acuerdos paz entre el Estado y las antiguas Farc-EP. Las piezas fueron devueltas por la acción valiente de un juez de familia después de una gran controversia que levantó la censura perpetrada por el actual gobierno. 

Este artículo publicado en El Espectador por Ana María Lara Sallenave, da cuenta de apartes de la historia que alberga el edificio a través de un libro publicado en 1905 por Adolfo León Gómez


Ana María Lara Sallenave

De regreso al Panóptico

Secretos del panóptico" fue publicado hacia 1905. Allí se cuentan los excesos que sufrieron los presos de la Penitenciaría Central de Cundinamarca, hoy Museo Nacional. Adolfo León Gómez, su autor, fue un notable periodista. Republicano hasta los tuétanos y uno de los denunciantes más tenaces de las condiciones por las que Colombia perdió a Panamá. Por su oposición a la Regeneración de Núñez, León Gómez estuvo preso en el panóptico y pudo darse cuenta de los tratos degradantes y torturas, y de la manera como se iban acomodando los juicios a presos políticos para hallar la forma de condenarlos a la pena de muerte.

Algunas de la piezas que fuero retiradas y luego devueltas al Museo Nacional



La construcción del penal fue concebida por Tomás Cipriano de Mosquera, se culminó en 1876 y, muy pronto, su funcionamiento se engranó a la persecución política que se vivió durante la presidencia del "filósofo del Cabrero". En la Guerra de los mil días albergó a centenas de liberales.

Fue centro penitenciario hasta 1946, cuando durante la breve presidencia de Alberto Lleras se lo destinó a ser museo. Luego, el gobierno de Mariano Ospina Pérez asumió su adaptación física. Al frente de la dirección estuvo Teresa Cuervo, quien procuró reunir obras que se hallaban dispersas en otros museos o en colecciones privadas.

Los buenos y los malos de nuestra historia empezaron a hacer presencia en los muros de las antiguas celdas. Pero ¿quiénes son los unos y cuáles los otros? El interesante retrato que el pintor Pedro Figueroa hizo del pacificador Pablo Morillo podría tomarse en cuenta para pensar ese dilema. Al parecer, Figueroa, vinculado a la Real Audiencia inició el retrato una vez el pacificador pisó la Nueva Granada, y lo terminó cuando se dio el triunfo de la Independencia y el consecuente regreso de Morillo a España. En el cuadro, dos textos, uno sobrepuesto al otro, dejan entrever el carácter dual que el Pacificador tuvo para el pintor y, quizás también para las marrulleras elites criollas: el texto que está debajo agradece la presencia de Morillo como pacificador de la América rebelde y resalta su papel en las batallas que España libró contra "Napoleón y sus secuaces"; en cambio, el texto de la superficie invita a que no olvidemos que él pasó por la cuchilla a gentes del clero, exportó presos a la Península y se apropió de dineros públicos. ¿Podría haber un testimonio más claro del valor del arte como registro capaz de revelar tensiones y transformaciones que viven las sociedades? ¿Con cuál Morillo se queda el espectador? ¿Tiene que quedarse con alguno?

También podrían considerarse las espadas de Julio Arboleda, poeta caucano, quien, como su hermano Sergio, fue propietario de tierras y esclavos y se opuso a sangre y fuego a la abolición de la esclavitud (1851). O el bello óleo de José María Espinosa en los que el traductor de los Derechos del hombre, Antonio Nariño, se defiende pistolas en mano en la Batalla de los ejidos de Pasto; o aquellas obras dedicadas a Policarpa Salavarrieta, considerada por historiadores como voluntaria clandestina de las guerrillas.

En estos días, cuando una tanqueta antidisturbios custodia el Museo, luego de la purga de obras ejecutada por Mincultura, el edificio recobra su lugar como panóptico penitenciario, condenando la libre expresión. Adolfo León Gómez, con quien arrancamos este artículo, terminó confinado hasta el final de sus días en el lazareto de Agua de Dios. Alguien propagó el rumor de que padecía lepra; el mejor pretexto para un destierro. Murió allí. Era descendiente de José Acevedo y Gómez, el redactor del Acta de Independencia de 1810. Su descendencia es algo que por su propia cuenta los lectores de este artículo quizás conozcan o pueden descubrir.


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