El disfraz criollo del fascismo: patriotismo, odio y el asedio al pensamiento crítico
Mario Delgado Noguera
Estamos en un teatro propuesto por la campaña del abogado De
la Espriella que representa el viejo drama del poder envuelto en el patriotismo
chillón y amarillo. Un espectáculo empapado de consignas huecas y llamados
venenosos a la unidad, pero una unidad solo bajo una bandera: la bandera de la
conformidad y el odio. Bienvenidos al nuevo fascismo, vestido no con botas y
uniformes, sino con trajes hechos en Miami y línea directa con Trump, al lado
de sus imitadores Milei y Noboa.
Propone, por otra parte, una amnesia histórica que quiere llegar al poder con una sed singular: no de paz, sino de control total. Sergio Jaramillo, el antiguo comisionado de paz del gobierno Santos, al hacer una crónica sobre el proceso de paz, se lamentó, diciendo: “el interés por el poder supera en mucho el interés por la paz”. Sin embargo, quienes están detrás del abogado no se contentan con el mero gobierno; ansían devolvernos al conflicto, a la división y al miedo.
La campaña del abogado moviliza con promesas vacías y
llamados al fervor patriótico, pero las políticas revelan una agenda cruel:
recortar programas sociales, reducir el Estado en un 40%, desmantelar los
mecanismos de justicia transicional, privatizar prisiones, diezmar ministerios, el fracking.
Detrás de la fachada patriótica acecha un proyecto brutal que borra la oposición
e impone una visión monolítica del mundo: el líder por encima de todo, que la
ley se fastidie, que los opositores desaparezcan.
El escritor Julio César Londoño nos recuerda: “Abelardo
tiene poco que ofrecer, nunca ha desempeñado un cargo público” y con respecto a las relaciones con Estados Unidos: “Lo maneja
con el dedo meñique Marco Rubio”. Manejará el Estado con la palabra "destripar", que por
más que se esfuerce bajo el ropaje técnico, su candidato a la vicepresidencia,
José Manuel Restrepo, sí que destripará los programas sociales del Cambio. Una
gestión que más que construir, destruye, que puede dejar un país más
fragmentado.
No se puede olvidar que la evisceración tendrá como otro escenario nuestras universidades públicas. El objetivo será asediar y aplastar la disidencia y el pensamiento crítico, reemplazando la autonomía por la obediencia, la reflexión por el silencio, favorecer la dinámica autoritaria de las universidades como empresas, burocracia empoderada y cansina, desaparición del programa de gratuidad, impulsar el déficit económico que ha tratado de paliar el gobierno del cambio, impedir la formalización laboral.
Lo que puede quedar es una maquinaria de control que
borra la memoria, estrangula la resistencia y genera conformidad al estilo del
Gran Hermano de la novela premonitoria de George Orwell en su 1984. La clase
gobernante busca transformar mentes jóvenes y vibrantes en engranajes de un
aparato burocrático donde cuestionar es un crimen y la lealtad, un mandato.
Trump vigila y quita presupuestos y subvenciones a las universidades de su país, generando la
diáspora de sus profesores.
Este espectáculo no es meramente político. Es un dilema
ético profundo. ¿Cómo puede una sociedad tolerar el colapso de la capacidad
crítica, la rendición masiva ante una "Gran Verdad" que no admite
disidencia? La respuesta está en la complicidad de quienes eligen el silencio sobre
la resistencia, la apatía sobre la acción, la falta de una posición. El
fascismo necesita esta rendición colectiva para sobrevivir: un abrazo
totalitario donde lo privado y lo público se funden en un todo homogéneo, corporativo, una
ideología única y asfixiante. Pero también el fascismo requiere la sumisión a las mentiras que circulan en las redes y la ignorancia y, como lo hace notar en una columna de opinión, Jaime Cárdenas: “viendo el desenvolvimiento de esta campaña presidencial se encuentra
necesario, urgente, que el pueblo colombiano suba de nivel, es decir, que tenga
más elementos de juicio para que su voluntad contribuya a decidir, con más
seguridad del intelecto, quien será presidente.”
Y añade: “El analfabetismo político favorece la manipulación
de las conciencias, contribuye a que el factor emocional sea el referente único
para la simpatía del elector y de paso fomenta el sofisma del individuo que se
define jactanciosamente como apolítico”.

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