Ha muerto Rafael Albán

 

Mario Delgado


La noche me enseñó a puñetazos que no se escribe el verso: se taladra.

R. Albán


Casa Loma, 2011
Se apagó el martes 30 de junio la voz de Rafael Albán, payanés vinculado al grupo cultural La Rueda, aquel colectivo universitario que agitó la vida intelectual de Popayán a finales de los años setenta y comienzos de los ochenta. Estudiante del Liceo, también hizo parte de esas generaciones brillantes y comprometidas que allí transitaron.

 Albán se sumó al grupo en una etapa más tardía que la mayoría de sus integrantes. Lo hizo después de un paso universitario por Medellín y Bucaramanga, ciudades donde se adentró en los ambientes literarios que marcarían su sensibilidad poética. Su vínculo con La Rueda quedó documentado en las revistas tres, cinco con dos cortos relatos, y en la siete del grupo, la última de su segunda época, editada de forma artesanal con el impulso de Cristóbal Gnecco.
 
En la siete, Albán publicó un poema que terminaría funcionando como una suerte de declaración de principios sobre su oficio: una reflexión sobre el poema entendido no como ejercicio decorativo, sino como una forma de encarnar el dolor, la exaltación y el sueño, escrita con la conciencia de que el verdadero aprendizaje del verso llega por la vida misma, a golpes, y no por la fórmula fácil de la juventud.

Y ahora que ha muerto, la noticia deja un silencio extraño, porque con él desaparece otro de aquellos muchachos universitarios que a finales de los años setenta decidieron que en la solemne Popayán no bastaba con asistir a clase. Había que escribir. Había que reunirse, tomar un tinto en el café Alcázar, un aguardiente en El Sotareño, discutir en la antigua casa Obando y sacar revistas con más entusiasmo que dinero. Había que leer poemas en sindicatos, organizar recitales, publicar en la Página Literaria del diario El Liberal y, si era necesario, terminar la noche con un vino en los parques en discusiones largas e impetuosas.

Una de sus amigas ha comentado su muerte: "Un placer conversar siempre con el querido amigo, mucha lucidez e ironía salpicando en el comentario cosas de la vida. Su carcajada mayor, un placer." Quienes lo conocimos, extrañaremos su conversa, sus agudos apuntes, sus burlas certeras y ácidas. Otro amigo ha comentado: "Mucho le debo en el asombro y la comprensión de la cultura patoja." Por mi parte, me aúno a este comentario, pues también me hizo conocer la idiosincrasia payanesa y las de sus amigos como lo lo hago en un relato electoral que publique años atrás. 

Con su partida, Popayán pierde a uno de los últimos testigos vivos de aquella generación que, desde revistas hechas a mano, desde la tertulia y bohemia universitarias, insistió en que la poesía y el pensamiento libre eran también una forma de resistencia cultural. Pero quienes estuvieron allí seguirán recordando que hubo un tiempo en que un grupo de jóvenes creyó que unos cuantos poemas y escritos, una revista  y una conversación interminable podían cambiar el clima espiritual de una ciudad.

Y, por un momento, lo consiguieron.



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